Cuando se presentó la caída de la URSS en 1.991, el mundo entero se enfrasco en una campaña por la liberalización, por el comercio internacional, por la apertura y, de manera muy importante, por un mundo en pro de las privatizaciones del sector privado. Decían los gurús económicos del planeta en esa época, inspirados ellos en las teorías monetaristas de Milton Friedman, y de la neo fascista de la Anne Krueger en el BM, que el sector privado vendría a reemplazar al ineficiente sector público, y de esa manera, tener una mejor economía mundial.

Los ineptos de los presidentes latinoamericanos se entusiasmaron de sobremanera con el asunto, y empezaron un fenómeno de apertura de sus economías al resto del mundo; pero de una manera profunda y sin ningún tipo de protección para el aparato productivo nacional. No se dieron cuenta ellos que el asunto tenía tanto de novedoso y revolucionario como de estafa. Desde el principio algo debía de sospecharse, puesto que el fundamento en el que se sustentaba la privatización era incoherente.
Decían los enviados de los organismos multilaterales y de las principales multinacionales del mundo que, teniendo en cuenta lo ineficientes y costosas que las empresas públicas eran, debían venderse las mismas de manera inmediata al mejor postor, quienes resultaron siendo el capital internacional. La pregunta que nace frente a esto es muy obvia: ¿por qué sí las empresas eran tan malas, ineficientes y poco rentables, había tanto interés de parte de los conglomerados internacionales para comprarlas?
Más sospechoso aún es el que no solo mostraron mucho interés en comprarlas, sino que muchas empresas ni tuvieron la posibilidad de licitarse, dado que los negocios ya se habían pactado con anterioridad. Para nuestros líderes, la razón era que los países desarrollados querían ver un Nuevo Orden Mundial en donde la prosperidad y la congruencia económica era el diario vivir. Gracias a la ingenuidad y estupidez de ellos, los latinoamericanos no hemos sabido a ciencia cierta qué es la globalización económica, dado que al contrario hemos tenido una corrupción globalizada.
En una de las mejores defensas que el modelo neoliberal ha tenido en esta última década, decía el gran escritor pero pésimo político Mario Vargas Llosa, que no era que el neoliberalismo o la liberalización y globalización económica haya fallado, sino que en nuestra región no la supimos aplicar. Es que ni para eso han servido los gobernantes que hemos tenido.
Según el ex candidato presidencial del Perú, lo que pasó en la región fue que los gobiernos no supieron vender las empresas, no supieron usar los recursos que por esas ventas entraron, y no tuvieron la suficiente capacidad y criterio para establecer unas reglas del juego que dejaran beneficios para el país, así como ventajas para el inversionistas extranjero.

Recuerdo todo este proceso, porque me enteró con mucha furia e impotencia de que para el Banco Santander de España, según el último informe publicado, América latina aportó a este monstruo del sistema financiero internacional la nada despreciable suma de 2.708 millones de dólares en beneficios durante los primeros nueve meses del año. Lo anterior, es nada más y nada menos que una tercera parte del beneficio global de esta firma hasta septiembre.
Frente a este impresionante dato, el presidente de la institución, Emilio Botín, comentó que ahora se le dará mayor importancia a la vinculación de clientes más que a la expansión del banco, al crecimiento de los depósitos bancarios y al aumento más selectivo de los créditos, colocando un enfoque más restrictivo en inversiones y gastos, entre otras prioridades. No mencionó absolutamente nada acerca de la razón por la cual supuestamente los bancos extranjeros deberían ser quienes prestaran el servicio de intermediarios financieros en nuestra región.
La promesa de las multinacionales y de los gobiernos de turno era que con la llegada de los bancos, la economía se vería sumamente favorecida, dado que la mayor eficiencia de estos bajarían la tasa de interés a la que prestan, dado sus menores costos. Muy seguramente sí tengan menos costos los bancos privados que los estatales, principalmente por los sueldos paupérrimos que pagan; pero lo que sí tienen en demasía es una ambición y sed por el dinero que no han permitido que gocemos de las menores tasas que tanto habían prometido.
Es decir, sin duda alguna que las privatizaciones en América latina fueron el negocio del siglo para las empresas que compraron empresas estatales a precios bajísimos, y que cuentan ahora con inmensas utilidades. Por otro lado, las responsabilidades de la misma frente a la economía nacional es nula, dado que lo que prácticamente hacen es cobrar y repatriar utilidades, dejando lo menos para los países en desarrollo.
Para un país, el que sea, las utilidades de las grandes empresas son de vital importancia, porque son en últimas las que generan las altas tasas de ahorro. Las grandes concentraciones de capital son vitales para cualquier economía, porque son ellas las que permiten hacer los grandes planes y las grandes obras de infraestructura, que crearan un mejor futuro para el país.
Frente a esto, la repatriación de utilidades genera muchas consecuencias para una economía en vías de desarrollo. Qué bien le harían a la economía de América latina esos más de 2.000 millones de dólares que el Banco Santander se está llevando a su país de origen. Sí a lo anterior le sumamos que la situación se repite en muchos más e importantes sectores, se explica una razón más para entender el por qué de la pobreza en la que vivimos.

Es de resaltar que contrario a lo que decían nuestros mediocres gobernantes, las empresas multinacionales no estaban viniendo al país con intenciones altruistas. Su intención clara y por lo demás, obvia, era la de invertir millones de dólares en la región; pero esperando tener una rentabilidad a futuro sobre esto. En ese sentido, las privatizaciones se hicieron en importantes y muy rentables industrias para la economía de cualquier país. Los servicios públicos y financieros fueron los favoritos de los inversionistas extranjeros.
Las privatizaciones contraen una potencial consecuencia a futuro, y es la dependencia que genera la economía de una nación frente a otras. Antes de que Argentina estallara en 2.001, el discurso de las casas matrices de las multinacionales era muy sencillo: las filiales no están en esos países para explotarlos, por el contrario, estaremos en los países tanto en las buenas como en las malas, ayudándoles a recuperarse cuando algo suceda.
Lo anterior demostró no ser cierto, puesto que las casas matrices abandonaron a sus filiales, obligándolas a cerrar. En ese caso, es mucho más difícil para un país subdesarrollado reinstaurar el servicio prestado por la compañía extranjera, puesto que no tiene ni el capital ni la infraestructura para reemplazarlo. Las nacionalizaciones son un proceso más complicado que las privatizaciones, hecho que debería hacer replantear la manera en que las mismas funcionan.

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