En estos peligrosos momentos de crisis financiera en la principal potencia del mundo, es un poco extraño ver al Fondo Monetario Internacional tan pasivo frente al comportamiento de la principal economía mundial. Hace diez años, el mismo organismo estaba imponiendo políticas, regañando a presidentes y exigiendo miles de requisitos a los países afectados por la Crisis Asiática de 1.997, como parte de su plan de ajuste para salir de ella.

A más de dos semanas después de la quiebra del banco Lehman Brothers, se puede prever que la hecatombe desatada en Wall Street tendrá consecuencias en todo el sistema económico internacional, convirtiéndose con esto en el tipo de situaciones para las que el Fondo fue creado, teniendo la obligación de inyectarle la liquidez necesaria a la economía mundial y salir del atolladero.
No obstante, es casi desesperante ver el tan diferente comportamiento del organismo multilateral en este caso particular, frente a los recuerdos que llegan de hace una década, cuando países como Corea, Tailandia, Rusia, Brasil y Argentina, quienes se vieron fuertemente afectados por la crisis desatada por los especuladores (principalmente estadounidenses) en contra del baht tailandés; fueron duramente criticados por el Fondo, que se comportó como un profesor de universidad enojado con sus alumnos, por haber fallado de manera tan abismal en el examen económico.
“A Estados Unidos le convendría que alguien, a parte de sus autoridades, ofrezca ideas”. Paras las personas que seguimos de cerca los acontecimientos financieros de hace una década, nos parece absolutamente surrealista que la persona que diga esas palabras sea el economista en jefe del Fondo, Kenneth Rogff; puesto que dista mucho del comportamiento que Michel Camdessus tuvo con los encargados de la economía de países en vías de desarrollo, quienes fueron más víctimas que causantes del desastre de aquella época.

Además del comportamiento, lo más importante a anotar es el distanciamiento que las políticas aplicadas en Estados Unidos tienen con las que se les obligó a aplicar a los países afectados hace diez años. De manera casi extraña, las políticas keynesianas tuvieron una preponderancia importante en la actual crisis financiera, mientras que hace una década las políticas ortodoxas monetaristas fueron la receta para el mal.
La primera intervención que llama la atención actualmente, es la inmensa importancia que tiene la Reserva Federal en el manejo de la crisis. Actuando de manera lógica, el papel de la FED ha sido la de inyectar dinero a la economía, con tal de recuperar la confianza en el sistema bancario, que el crédito fluya y que las inversiones y el consumo sigan su rumbo. Con esto, la FED cumplía con su triple mandato de controlar la inflación, proteger el empleo y ayudar en el crecimiento económico.
Llama la atención, puesto que tal y como lo menciona Stiglitz, el FMI insiste alrededor el mundo que los Bancos Centrales se dediquen a controlar de manera exclusiva la inflación, dejando de lado las otras dos variables macroeconómicas. No hay nada de malo que un Banco Central decida controlar la inflación de manera exclusiva, un ejemplo de esto es el Banco Central Europeo quien decidió de manera autónoma por esa función exclusiva del control de precios. Sin embargo, cuando la política es impuesta como una condición para poder recibir los préstamos del FMI, como fue el caso de Corea a finales de los 90, en un país que tiene una inflación de aproximadamente 4%, se puede sospechar de manera negativa sobre las intenciones detrás del Fondo.

Otro caso más interesante es el de las privatizaciones de empresas públicas, especialmente del sistema de pensiones. Para los países en vías de desarrollo, la venta de esos activos públicos era una condición obligatoria para acceder a la liquidez que tanto necesitaban en esa época. No obstante, actualmente en los Estados Unidos lo que se ha visto en esta crisis es más, no menos, una participación del sector público en la economía, llegando a presentarse el caso totalmente opuesto de algunas nacionalizaciones de empresas privadas en Europa.
Es evidente ahora, y la verdad es que lo era antes, que en momentos como este se necesita un sector público más fuerte y con más recursos que ayude a sacar de la recesión a su economía, comprando y asumiendo los costos de los malas empresas para evitar caer en una depresión. A pesar de esto, en los países más pobres se les obligaron a sus gobiernos a vender sus empresas más rentables, y tomar el dinero de estas ventas para pagar a los acreedores internacionales, no para inyectarlos a la economía.
De lo anterior se deduce un nuevo elemento de comparación entre las dos crisis. Uno de los requisitos más importantes que debían cumplir los países más atrasados era el de equilibrar el presupuesto del gobierno. No había posibilidad de prestar dinero sí los gobiernos mantenían altos déficit fiscales. Actualmente Estados Unidos tiene uno de los déficits fiscales más grandes de su historia, el que acabo de incrementar de manera sustancial gracias al inmenso rescate financiero que se aprobó la semana pasada.
Lo anterior tiene mucha lógica, puesto que por medio del gasto público existe la posibilidad de reemplazar la disminución del flujo de dinero que la inversión privada presta a la economía. Desde Keynes y la Gran Depresión se tenía como política económica que en los momentos de mayor crisis, los gobiernos deben inyectar dinero a la economía para solventar la crisis. Se sabía esto hace 80 años, se sabe hoy en día; pero por alguna cosa muy extraña hace una década, cuando los países más pobres del mundo necesitaban dinero para salir de la crisis, esa no era la medida a aplicar.
Frente a este hecho, es muy triste recordar el inmenso costo que tuvieron que pagar los países en vías de desarrollo, a costa de aplicar políticas que se sabían erradas y que traerían muchas consecuencias a los pueblos. Sin embargo, es de rescatar en estos momentos que muchos críticos de esa época, a quienes tildaron de economista de izquierda paranoicos, notaron un fenómeno extraño y de con una muy sospechosa intención.

El asunto radica en que las políticas del FMI tenían como consecuencia que muchas empresas privadas se quebraran, y que otras tuvieran que recurrir a socios extranjeros para poder capitalizarse y seguir a flote. Sumado a esto vale recordar que muchas empresas públicas que eran muy ineficientes fueron obligadas a vender, un cuadro bastante sospechoso queda en el aíre.
¿Sí las empresas privadas eran tan ineficientes y corrían con tantos costos, por qué se vendieron todas y tan rápido a las compañías extranjeras? ¿Eran las políticas del FMI un mecanismo para entregarles a costo muy barato el aparato productivo de los países a fuertes conglomerados internacionales? Después de ver la manera cómo actuó el FMI en Estados Unidos después de la crisis, pareciera que las respuestas a estas preguntas son afirmativas.

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